Ay amada…
Como sacudió el tren sus feroces rieles
cuando de tu anatomía levantada
dejaste tu figura de sol una mañana.
Hiciste tuyas las mieses de los vagones ardiendo y
huyó el humo de la locomotora a su guarida.
Al menester del día le legamos de aperitivo
la miga de la horma,
del pellejo de la uva absorbida
comía nuestra paz su vértigo.
Y tu nombre… Mi amada.
Electrizó las espigas del pértigo
cuando los metales retornaban a los rieles.

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