Poesías

poesía

Por , en 24 de enero de 2008

No se puede vivir a la intemperie eternamente;
en una ciudad de voces acalladas. Su estruendo me acuchilla.
Llorar y escribir.
Voy de la mano de mi verdugo y la mañana me saluda.
El humo dibuja formas escabrosas, hasta divertidas.
La salida queda a la izquierda.
Le pedí a la tarde que limpiase los caminos,
y ahora mis pies son pesadillas de una cabeza borradora.
Escribí varios anhelos a lápiz,
y el despropósito escupió encima.
Más tarde los tachones serán monumentos, estatuas de saliva.
Es difícil oír la verdad cuando nadie habla.
La siguiente página la desconozco; podrían ser tus labios,
podría ser el infierno,
podría ser la nada
Me bañé donde me dijiste, y todo se ha secado.
Por qué confiar en quien se fue. Por qué mirar lo que no hay.
Trazos erráticos que parecen días soleados
sólo son otra bofetada de harina.
La carne amontonada.
Un raro sabor me recuerda que hoy no es hoy.
Cada pincelada deja más en blanco el lienzo.
Aunque crea que despierto, mis visiones no se apagan.
Estoy tan lejos que no me moví del sitio.
Rituales sin sentido, tribu de desidia.
Un caudal de tonterías va a desbordar este río de mediocridad.
Pugno por salir a flote, y me atrapa la vergüenza.
Al caer, un gigante deja huella. Los demás sólo son ruido.
Olvidadizo, me dije. Un homenaje al absurdo,
un profesor de andaduras inciertas.
¿Subir es más que bajar? ¿Vale más avanzar que retroceder?
Al final de la escalera, incertidumbre. Oscuridad. Golpes.

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