Porque es nuestro el exilio (Poemario)
Un pequeño librito de horror ante la injusticia, y amor a la vida. Donde, entre sus versos desgarrados, la esperanza habla con voz firme.
Porque es nuestro
el exilio
(Toma de conciencia en quince partes)
Raúl Alejandro
López Nevado
A Jordina.
Si estos versos en algún punto rozan la esperanza, brillan, viven, o tienen algún sentido, es por ella. Si, en cambio, no lo logran la culpa es solamente mía
Solamente la palabra que ponga en peligro el poder de los tiranos y los dioses
es digna de ser pronunciada o escrita.
Eduardo Gómez
El sentido
Desde las profundidades te llamo;
desde la noche, desde la tormenta,
te llamo;
desde el bar oscuro, desde el hospital,
te llamo;
desde la angustia, desde la soledad,
te llamo.
Te llamo en la frialdad de la mañana y en el sabor a plástico de las estaciones;
te llamo en las palabras dulces, y en el verbo amargo;
te llamo en el amor de la amada, y en la nostalgia de su aliento;
te llamo en tu llamada,
me responde tu silencio.
Ya sabes que no es por mí, por quien te llamo,
conozco al griego del jardín, y no lloraré mi óbito.
Pero en este mundo, ser oscuro,
gimen demasiadas de tus criaturas a las que amo, a las que amé, o puedo amar.
Es por ellas por quienes te llamo;
te llamo por los que ya no están,
te llamo por los que cada vez están menos,
te llamo por los que mañana no estarán,
te llamo por los que no estarán jamás.
No me digas que aquí se acaba todo.
¿Qué broma macabra es ésa?
¿A qué viene tanto sufrimiento y tanto dolor
sobre este minúsculo azul del Universo?
¿Qué pretendías con el juego que nos ha traído aquí?
¿Qué huertos…?
¡No!
No me digas que no existes,
que eres un consuelo para los que, como yo,
cobardes,
no pueden aceptar que todo acabe;
no pueden aceptar que todo el dolor del hambre y la guerra sea más dolor,
más allá,
en la muerte,
en la nada eterna.
No quieren aceptar que se mueran los amigos;
no aceptarán jamás que ese rostro,
que han visto con tus ojos,
se marchite,
se consuma,
se pudra,
y se esfume.
Pues ni el recuerdo nos salva,
si tú no eres.
Tienes que ser,
tienes que ser,
tienes que ser,
¡lo dijiste!
Desde las profundidades
te llamo,
desde la soledad inmensa de mi mismidad
te llamo,
desde la angustia absoluta de tu ausencia
te llamo,
desde la desesperación total del sinsentido
te llamo.
Te llamo, llorando por los ojos amigos;
te llamo, rogando por el labio amado;
acariciando la piel que a cada instante envejece,
te llamo.
Porque no,
no puedes ser vana esperanza,
por mucho que mi razón diga lo contrario,
no puede ser tu no ser,
¡No tienes derecho a no ser!
¿A qué entonces tu silencio?
Pues existes,
no puedes engañarme,
incluso he vivido por tus ojos ciertos instantes.
No me engañes,
te lo ruego, no calles;
no permitas que piense en la barbarie de tu falta.
¡No permitas que te odie,
incendiado por la rabia de las muertes gratuitas,
por la ira de las venganzas innóminas,
por la furia del sufrimiento imposible!
Sabes que me sería fácil,
que ya a veces he escupido lleno de asco a tu sagrado rostro;
que ya a veces he maldecido tu bondad inútil;
que ya a veces he deseado destruirte,
he deseado enterrarte en el sarcófago del olvido.
Pero siempre,
una compasión última me lleva a salvarte.
No por ti,
tú eres culpable,
tan culpable como yo;
que a veces, he sido tu cantor,
he sido tu silencio, he sido tu amante.
Y te he buscado entre las sábanas frescas,
entre las muchedumbres a la salida del cine,
entre los équidos de fuego que quebraban la calle;
en los rostros conocidos, en el aula,
en el metro,
en casa.
Y te he buscado para adorarte,
para darte gracias por todo,
para rendirte santo tributo,
para inmolarme, inmolando a los demás,
por ti.
Entonces te llamé con voz suave,
hoy no.
Hoy te grito, hoy te increpo, hoy te ordeno;
te ordeno que seas,
te ordeno que existas,
te ordeno que ames, que seas amor, como me enseñaron;
te ordeno que redimas a los que sacude la muerte;
te ordeno que conserves para siempre el rostro amado;
te ordeno a ti,
Infinito;
yo, el mísero humano,
te ordeno.
Porque no podría soportar,
porque no podría soportar,
porque no podría soportar,
que todo esto no tuviera sentido.
Pero tú existes,
oh sí, claro, existes;
por eso puedo llamarte,
por eso te llamo;
desde ti mismo,
te llamo;
aunque no sepa tu nombre,
te llamo;
aunque no sepa si eres Alá, o Jahvé, o Buda;
o la humanidad, o el superhombre, o la vida;
o el cosmos sideral, o el Universo,
o la amada,
te llamo.
Te llamo,
con la secreta esperanza
de crear tu voz.
Bautismo de sangre
Despierto ignorando el nombre de Dios,
abro los ojos aún no acostumbrados a esta penumbra de la Tierra;
el horizonte brilla iluminado por mil misiles anónimos;
los muertos, sin embargo, no son anónimos,
aunque se empeñen,
las lágrimas que engendran les dan nombre.
La lejanía está teñida por sangre de hermanos, pretenden que la beba, pero me niego.
El mar, que jamás había visto, ha cambiado sus aguas por cuerpos.
Oigo un grito,
donde se confunden los sollozos de Gabriel y mis palabras
con extraños seres que bracean violentamente
como bebés reventados por minas antipersona.
En verdad no sé si ya estoy despierto.
Ruego,
porque esto sólo sea una pesadilla.
Pero un terror sagrado me invade,
es demasiado denso el tufo de lo bombarderos,
no puedo fingir no olerlo,
¿Cómo lo harán otros?
Llantos sordos recorren la red de la inconsciencia,
mientras se esfuerzan en llamar progreso al empequeñecimiento de los móviles, y a la velocidad de los autos, a las antenas parabólicas
y al asesinato del mundo.
No,
no encontraré nunca la belleza de este lugar que me cuentan los telediarios,
Juro que nunca la encontraré.
¡Juro que jamás la encontraré!
No existe,
por mucho que se empeñen los abalorios del odio en dibujarnos
miradas electrónicas;
yo sé que no hay nada más allá de los misiles.
En cada estación, en cada parada, en cada pueblo, en cada hogar,
es la verdad insoportable de las bombas la que ejerce su fortuna.
¿Por qué habré de abrir los ojos a todo esto?
¿Cómo pueden otros cerrarlos?
¡No me cuentes que las empresas tendrán pérdidas!
¡Que sus ganancias no serán las esperadas!
Un niño, que no ha visto jamás, ni un dólar, ni un yen, ni un euro,
es sacrificado cada segundo en el altar de la bolsa, en cada oficina, en cada índice, en cada estadística.
No quiero ser bautizado en esta sangre.
¡Oh Cristo, tú, no el Dios, sino el hombre,
escucha las plegarias de esta tierra que tiembla,
sacudida bajo el peso de los tanques!
¿Qué se ha hecho de tus promesas?
Nadie recuerda tus palabras,
¡Cómo se volvieron contra ti!
¡Cómo las volvieron contra ti!
Responde, hijo del hombre, destruye los bombarderos, reparte tus fuerzas.
Confieso que te había olvidado,
no me lo tengas en cuenta.
Había olvidado tu nombre,
lo olvidé durante tanto tiempo
que incluso llegué a creer que no existías.
¡Qué ingenuo, no recordar que tú eres el anciano helado en la calle; la puta menor de Taiwan, el niño africano inmolado en el ritual del comercio!
¡Qué ingenuo, no recordar que estás con nosotros en cada palabra, en cada grito, en cada piedra que se quiebra contra los blindados. Que sufres los mismos golpes de los intolerantes; que estás bajo el gas lacrimógeno, con nosotros. Que estás en cada uno de los muertos de la injusticia, que mueres con ellos!
¡Qué ingenuo, no recordar que no tienes tanques ni aviones, no tienes dinero, ni petróleo, ni una bomba que llene de horror!
¡Qué ingenuo no recordar que tú única fuerza, nuestra única fuerza, nuestro mayor poder, todas tus armas, nuestras armas, son tan sólo y únicamente
el amor!
¡Qué ingenuo no recordar que siendo tú nosotros,
la redención,
nuestra,
y tuya,
está en nuestras manos!
Amanecer
Amanece
sumergida en un arroyo de amargura,
entre los racimos oscuros de la arquitectura del odio,
bajo un cielo desolado que ha perdido las estrellas,
sobre la terca esperanza de los que aún no se han rendido a fenecer en la noche,
la ciudad despierta,
mientras sus cadáveres, que vuelven de una ausencia a otra,
aúllan al dolor sin nombre de la profunda cotidianidad en que la realidad se pierde;
y confunden el dolor y la náusea con la alegría;
y se cortan los cabellos que han crecido hasta la sierpe;
y se arrancan los ojos frente al espejo de la angustia;
y recuerdan el regusto agrio de la lengua mordida en el último ritual de la noche;
y maldicen los minutos dejados escapar, para después asistir con una sonrisa estúpida a la profunda aniquila-ción del mundo;
y suben al tren, o al coche, o a la nada;
y se arrojan al día por carreteras que han marcado la sangre y las bombas;
y sollozan,
porque un día más se reconocen igual de muertos.
Amanece,
el dragón de acero de la industria juguetea con los penes cortados de miles de hombres;
horribles jayanes se ciernen sobre los departamentos de gobierno;
furiosos tornados de añoranza consumen a los bebés que se dirigen a las escuelas;
en alguna esquina, el aire se ha cubierto de sentinas de humo y putrefacción;
en alguna esquina, arden los versos que la humanidad labró con sangre;
en alguna esquina, Bécquer está llorando, y no lo escucha nadie.
Amanece,
los metros se van llenando de muchedumbres inexistentes, de ejecutivos soturnos, y estudiantes perdidos;
de formidables ejecutivos enormes, y estudiantes que no comprenden las matrices, ni las guerras;
de vagabundos podridos, y putas sonámbulas que se retiran a ocultar su existencia bajo las sábanas de dinero y sangre;
de maestros de antigua barba, y dulces adolescentes enamorados;
de jóvenes bellísimas, y soñadores solitarios.
Los metros son un hormigueo gigantesco en las entrañas de la ciudad ignorante,
en ellos se soterra la esperanza de más de tres millones de almas;
las ilusiones de los niños pequeñísimos, y de las niñas, pequeñísimas también.
Amanece,
bajo su húmedo temblor, la locura inunda los pasillos,
lo llena todo,
lo recubre todo,
lo marchita todo.
La locura como única esperanza para los desdichados,
como un grito de las gentes informes:
del viejo abandonado por los rincones del olvido;
del que ha dejado su vida a 10.000 kilómetros;
de la mujer que oculta los golpes tras las gafas;
del enfermo que no llegará a la próxima madrugada;
del niño abandonado.
Amanece,
las avenidas también se yerguen manchadas de sangre;
son cruzadas por una marabunta impenitente,
impotente,
imposible;
son cruzadas por abismos que no pueden cruzarse;
por llantos cósmicos que fecundan las parabólicas;
por estrellas sin nombre o fantasmas que nunca existieron;
por increíbles humanos que lo han perdido todo.
Amanece,
la ciudad despierta.
Un grito se está elevando desde el centro de la ciudad;
un grito que ha de destruir las cadenas
y limpiar las calles de sangre y vísceras.
Un grito que se alza sobre el estruendo de la Industria, las finanzas y la guerra.
El grito de una humanidad desdichada
que clama justicia,
que va a hacer justicia,
que será por fin justa.
Amanece;
no importa que en las comisarías, en los parlamentos y en los cuarteles aún no lo oigan;
no importa que aún sea leve y sutil;
no importa que aún le falten rostro y brazos.
No, no importa, pues hay un grito en el que se personifican todas las ilusiones de los metros, de las carreteras, y de los edificios;
hay un grito en el que está tu voz, y está la mía;
hay un grito,
lo estoy oyendo.
Prioridades
Estamos perdidos en un océano de hielo.
Minucias.
Se ha secado la fuente del cielo.
Minucias.
Un terremoto barre el universo.
Minucias.
Hay un niño llorando en el suelo.
¡Levántalo!
¿no ves que ahí no puede
conciliar el sueño?
Octubre de 2001
Hoy el cielo se ha despertado un poquito más triste;
sabe que bajo sus luengas batas el aire está inflamado,
agujereado,
perforado,
penetrado
por mil bellos misiles,
que iluminan en la noche
una venganza innómina.
Que la justicia simplemente se va a cobrar su precio
en críos,
en inocentes que no alcanzarán la redención,
y en dulces mediodías de melodías ajadas por las bombas.
Sosteniendo entre los dedos, como una brizna de flor marchita,
el equilibrio de una paz anhelada,
murciélagos y mariposas alzan el vuelo
como presagio del desastre imposible;
mientras sesudos analistas estipulan que el 1%
de gasto en muerte
serviría
para ganarnos
el cielo en la tierra.
Crimen y castigo
De nuevo el mundo
parece haber olvidado
el peso de las almas.
Como si, incapaz de comprender
la exactitud del crimen,
se debatiera entre el perdón
y el dolor.
Satyagraha
I.
2002,
tras los ojos de cada hombre se oculta el infierno;
el salvaje imaginar jamás hubiera podido concebir todo el horror
que hoy cualquier hombre cobija en su alma,
la realidad sí.
Todo el dolor del Universo se representa en un drama cósmico
tras la mirada del pequeño que observa a sus pequeñísimos compañeros,
y ruega porque las bombas nunca se acuerden de ellos.
Ruega,
como ruega la maestra, que los mira dulcemente;
como ruega el novio de ésta, que la acude a buscar con el corazón en un puño (pues quizá el azul los descubra);
como ruega la madre que lo espera paciente;
como ruega el padre, que ve consumirse su vida al ritmo de la industria;
o el abuelo, que presto a la muerte, sueña con no haber visto lo que ha visto;
sueña con que todas esas imágenes
del infierno tras sus ojos,
tras los ojos de su hija y de su nieto,
se redimiesen para siempre.
Sueña con no haber contemplado jamás,
el árbol milenario que cae aplastando a la esperanza;
los discursos del Caudillo, o del Führer, y todas aquellas manos levantadas en que se orea la sangre;
todas las gafas y huesos concretísimos que se amontonan tras las cámaras de gas, el jabón hecho con carne;
los fusilamientos infinitos de hombres
que tal vez lloraron;
a Masha Bruskina, en flor,
ahorcada entre risas diabólicas.
Sueña con no haber visto jamás,
los cadáveres descuartizados a tiros en una aldea de Colombia;
los cuerpos mutilados de una plaza de Sarajevo;
al crío con la barriguita hinchada,
comido por las moscas y las finanzas.
Sueña con no poder concebir,
los dos colosos que se quiebran como una ramita, y en cuyo estruendo, el mundo percibe el terror de una nueva era;
los gritos enfurecidos de un mundo que clama venganza
¿contra qué?
¿contra quién?;
ese cielo teñido de verde en el que cada luz son mil muertos.
Sueña con que el recuerdo
del 6 y el 9 de agosto no haya existido jamás.
Sueña con la imposibilidad
del Atolón de Eniwetok,
que es posible,
que existió,
que fue,
y podría volver a ser.
Sueña con que su nieto
pueda olvidar ese universo satánico
que él
hoy abandona.
***
El pequeño habrá de ser informado.
Le dirán que se ha ido a hacer un largo viaje, que ha ido al cielo.
Pero él sabe que no hay lugares adonde ir.
Y que el cielo, en todo caso,
está en la mirada dulce de la maestra;
entre los juegos inocentes de algunos compañeros;
en la espera paciente de su madre.
No en ti,
Gran Dios,
bestia silenciosa,
monstruo cobarde;
que ante tal espectáculo brutal
callas.
No,
el niño sabe que no existes o no importas;
lo supo, cuando en el funeral del abuelo, tu silencio fue absoluto;
lo supo, cuando hombres de verde rompieron el amor de la maestra, y su mirada dulce se quebró para siempre;
lo supo, cuando ante las puertas de la nada, pensaba en su nieto, en su futuro,
y sólo oía disparos,
explosiones,
el griterío de Wall Street,
y el llanto del hambre.
Entonces pudo comprender
lo que querían decir todas aquellas noches de insomnio helado;
lo que señalaba
el rojo de la sangre;
pudo comprender lo que significaba aquel infierno que se ocultaba
tras sus ojos;
y comprendió
que no había nada más,
que allí
acababa todo.
II.
¿Todo?
¡No!
Todo no.
Ante el horror de tu ausencia cobarde,
en el estertor final,
algo, como un animal salvaje,
empujó,
rasgando
el infierno tras sus ojos:
recordó el hilar paciente de la madre;
recordó la mirada dulce de la maestra;
recordó al abuelo que hablaba de un mundo inverosímil;
y a la abuela,
que sabía de la cita secreta entre las generaciones;
recordó los besos;
recordó el primer encuentro con el amigo que lo velaba a la cama;
recordó la primera vez que un poema le arrancó un llanto;
recordó el amor eterno de la maestra, y su amor primero;
recordó el amor de aquélla que, hacía algún tiempo, lo esperaba del otro lado.
El drama universal que se había desarrollado tras sus ojos
ahora le mostraba la cara en que se abre
la puerta estrecha.
Recordó a aquel hombre infinito, sereno, en la Tarde de la Cruz;
y a aquél griego que, en la noche de la cicuta, consolaba a sus amigos (y a la historia);
recordó a aquel hombre tristísimo que compuso una oda a la alegría;
recordó la rebelión de los ghetos de Varsovia;
recordó el gesto silencioso y compasivo de Ghandi, bajo las porras;
recordó el discurso sobre la libertad del hombrecillo junto al Che;
recordó que los fusiles se destruyen con claveles;
y que a cada soldado lo ata un cabello con más fuerza que la metralla;
recordó la figura, con bolsas de la compra, que detiene una hilera de tanques;
recordó el muro que cae;
recordó a Mandela, y a King, y a Marcos;
recordó el verso de Höelderlin que invocó Adorno:
que allí donde crece el peligro,
crece también lo que salva.
Recordó que había llorado,
que había reído,
que había amado,
que había vivido,
y murió en paz.
Hombre y mundo
Allí donde hay un hombre se anuda el Universo.
Dámaso Alonso
¿Ves esas tierras?
Más allá de adonde tu vista alcanza,
todavía continúan.
Fija tu atención ahora en las luces,
bajo cada una,
una familia se refugia.
Mira ahora hacia arriba:
se trata del mismo cielo que vieron
los primeros seres vivos.
Puedes ya comprenderlo?
Todo esto es inmenso,
pero hace falta que alguien lo contemple
para que adquiera algún sentido.
Destruir a alguien equivale, pues,
a destruir el mundo.
Invocación
Hombres del siglo XXI,
a vosotros os llamo por vuestros nombres;
os llamo uno a uno,
parte a parte,
para los muertos.
¡Levantaos!
Abrid las ventanas,
abrid las puertas,
corred las cortinas,
arrancad las persianas.
¡Salid!
Desde todos los rincones
de esta tierra sagrada.
Quiero ver vuestros rostros,
quiero ver vuestras pieles curtidas,
los gestos dulces y los avaros.
Quiero que incendiéis las aceras,
y arranquéis vuestras máscaras.
Hombres del siglo XXI,
miraos a los ojos:
¿Acaso no sois hermosos,
bajo la americana,
bajo el anorak,
bajo el polar?
¿Acaso hay algún motivo para creer
que lo fueran más los pasados,
o lo serán los futuros?
¿Acaso ya no sois humanos?
¡NO!
Hombres del siglo XXI,
aún queda mucho camino,
“y el camino sois vosotros”.
Vosotros,
hombres del siglo XXI,
mis padres, mis hijos, mis hermanos.
Hombres del siglo XXI,
entre los que se cuentan
mis amigos,
y mi amada.
¡Despertad!
El Día de la Tierra
Día de la Tierra, en recuerdo de seis campesinos abatidos por la policía israelí cuando protestaban contra la expro-piación de unas tierras que les habían pertenecido durante generaciones.
Llegará un día en que las masas de desheredados
se alzarán.
Temblad entonces,
poderosos de la Tierra:
sharones, bushes, husseinis o ladens.
Porque no tendréis ningún lugar al que ir.
Porque no habrá tabiques, ni alambradas, ni búnkers
que os protejan
de una humanidad que ha tomado conciencia.
***
El Día de la Tierra
ondeará en el cielo la sonrisa gigantesca
de África, de América Latina, de Tíbet y Palestina.
Y el niño que hoy nace,
recibido por las moscas y el hambre,
gobernará el mundo.
***
No temáis los justos,
pues se hará justicia.
No se acabará con los opresores,
sino con la opresión.
No con los criminales,
sino con los crímenes.
Porque el Día de la Tierra
el tú y el yo
se comprenderán para siempre.
***
Ya siento el fragor de los cuerpos enlazados en amorosa danza.
Bajo las explosiones,
oigo,
a un hombre que canta.
Sé que aún
no es el Día de la Tierra,
pero va a llegar.
Israel
No,
Gaza y Cisjordania no son vuestras,
ni siquiera vuestras tierras lo son,
no vivís,
sino en Palestina.
No,
no tenéis ningún derecho a repetir
Auschwitz como verdugos,
sino sólo a evitarlo.
No,
no sois el pueblo elegido,
Dios no elige a pueblos,
sino a hombres.
No,
que su forma no os lleve al engaño
este poema no es de odio,
sino de amor.
Porque las voces de los bárbaros,
que ahogan la Israel que soñó Moisés,
no deben jamás
inspirar compasión,
sino furia.
Jamás
Pero al mundo así no se le cambia,
las relaciones entre los hombres no se hacen mejores.
No es ésta la manera de hacer más corta la era de la explota-ción.
Bertold Brecht Refugio nocturno
I.
Entras en una cafetería,
miras sus rostros sonrientes,
hay un niño que corre entre las mesas,
y una pareja joven que se acarician.
Te acercas a la barra, y pides algo que tomar.
Mientras esperas a que te sirvan,
pasas la mano lentamente bajo la camisa.
Una copa,
a tu lado dos hombres hablan de “cosas sin importancia”,
de lo que harán mañana,
de lo que hubieran querido hacer ayer.
Los escuchas, y, por un momento,
te sientes
cómplice de sus vidas.
Pero sabes que es tarde.
Las cosas podrían haber sido de otro modo,
pero son como son;
tienes que hacer lo que tienes que hacer.
Un niño choca contra tus rodillas,
al alzar la cabeza, sonríe, y pide perdón;
instintiva, una sonrisa acude a tu rostro.
No pasa nada. No pasa nada. Tranquilo.
El pequeño hace un gesto, y sigue jugando,
lo ves perderse entre las mesas de nuevo.
Llega la hora,
vuelves a pasar la mano bajo la camisa.
Piensas en Safiya,
en sus manos dulces,
en su cuerpo salado,
en sus palabras que te dan fuerza.
Ella no sabe nada,
te espera, como siempre, a las tres.
Ya se lo dirán.
La cafetería ha cambiado algunos rostros,
pero el rumor de vida
sigue llenando las paredes.
Es tarde,
llega la hora;
pasas una última vez
la mano bajo la camisa;
y los relojes
se detienen en Jerusalén.
II.
¿Por qué lo has hecho?
No irás al cielo,
te pudrirás por siempre
en el infierno de los asesinos.
Ningún Dios quiere junto a sí
a hombres con las manos llenas de sangre;
el tuyo no es diferente,
y tú lo sabías;
el horror no se puede justificar jamás;
¿Dime por qué, entonces?
O no.
No, no, mejor calla;
no me digas tus motivos;
jamás aceptaré tu barbarie,
bajo ninguna situación,
bajo ninguna circustancia,
bajo nada;
pero sé
que podría comprenderte.
Porque es nuestro el exilio
Porque es nuestro el sudor.
No la Industria.
Porque son nuestras las manos.
No la moneda.
Porque son nuestros los perros.
No el mercado.
Porque es nuestra el hambre.
No el dinero.
Porque es nuestra la palabra.
No el poder.
Porque son nuestras las lágrimas.
No las armas.
Porque es nuestra la sangre.
No la metralla.
Porque son nuestros los hombres.
No la guerra.
Porque son nuestros los muertos.
No las bombas.
Porque es nuestra la voluntad.
No los medios.
Porque Dios es nuestro.
No las iglesias.
Porque es nuestro el amor.
No el odio.
Porque es nuestro el exilio.
No el reino.
Pero es nuestra esta tierra.
El primer paso
Las hadas son inmortales. No obstante, cuentan que cada vez que un niño dice que no cree en ellas, hay una que muere.
Leyenda popular
Te digo,
que bajo los tanques
aún crecen las flores;
que sobre los cazas
sobrevuelan las nubes;
que entre los misiles
hay pompas que se salvan.
Te digo,
que donde hoy hay ejércitos,
mañana habrá escuelas;
que donde hoy hay terror,
mañana habrá salvación;
que donde hoy hay mercado,
mañana habrá hombres.
Te digo,
que aún hay esperanza,
que no todo está perdido,
que cada día se puede
volver a empezar.
Esto te digo,
y en verdad,
te costaría tan poco creerme…
Al lector
No te habrá de salvar lo que dejaron
escrito aquéllos que tu miedo implora.
J.L. Borges, No eres los otros
Anochece,
las estrellas hace tiempo que han caído,
llenan su lugar los faros eléctricos de los edificios y los coches;
ni un sólo pájaro recuerda por qué nació,
volverán, pues, a colgar su tristeza en las antenas.
Feroces recuerdos turban tu mente,
una salvaje desesperación dora tu carne.
Hay una lágrima,
y algún horrible dolor que te acecha entre las sábanas.
Un camión atraviesa el pavimento como si fuera a desarmarse,
pero esto es la tierra, amigo, y aquí
no se desarma nadie.
Porque es demasiado fácil
componer canciones de amor;
y caro construir tanques.
Y aunque esta noche sea otra a la de ayer,
los buenos siguen siendo los mismos:
los dueños de los misiles, y los cables.
Anochece,
enciendes la ventana al infierno;
un locutor, corbata, pelo cano, algunas notas;
lee imperterrito, objetivo, la dulzura de las muertes:
“Esta noche Esperanza ha sido brutalmente asesinada
en una esquina de la calle Lorca,
y ahora,
pasemos a los deportes…”
Apagas y buscas consuelo,
como un niño entre las faldas de su madre;
entre las páginas del libro que aún no has abierto;
en la voz suave de los amigos, que te deforma el teléfono;
en el recuerdo del último abrazo, donde, sorprendido, se abrió el cielo.
Pero no te habrán de salvar
esta noche silenciosa,
por un momento,
estás solo.
Te has quedado mudo, sordo y ciego,
estás solo;
la angustia es toda tuya,
la muerte te espera,
y tú estás solo.
Nadie a quien confesar
que sientes pavor frente al tic tac de las agujas;
que te horroriza el momento del “hasta mañana”;
que te aterrorizan hasta lo más fondo del alma ciertas cosas.
No, no te habrán de salvar,
sólo tú puedes arrancarte de este abismo al que te has arrastrado,
al que te has arrojado,
al que te has condenado,
sólo tú,
nadie más.
¿Tendrás las fuerzas necesarias para romper los contratos
que te atan, como bestias amargas,
a la soledad y a la muerte?
¿Tendrás el valor para quebrar las distancias
que te alejan, como muchedumbres furiosas,
de la felicidad y la esperanza?
¿Serás tan humano como para aniquilar todo el horror
que te impide, como la sangre de la venganza,
salvarte y salvarnos?
¡Adelante, pues,
hacia ti mis legiones marchan,
tuya es ahora
la palabra!
Postfacio
El único verso
I.
Hemos llegado al final,
aquí se acaban las bombas,
y mi palabra fenece,
pero aún tengo algo que decir.
He invocado la voz de Dios,
he invocado a todos los hombres,
te he invocado a ti,
lector;
pero al ser que le da esperanza
a mi mundo,
y que se ha mantenido detrás de cada palabra,
de cada letra,
insuflándole aliento,
estando en todo lo que yo pueda hacer,
aún no me he atrevido a convocarlo.
Con palabras terribles
os he salvado a todos;
ni un sólo ser
sin su parte
de esperanza.
Llega ahora,
el momento de salvarme.
II.
Me dispongo a escribir
el verso más importante;
aunque pocos serán
los capaces de darse cuenta.
De hecho, sólo quien sabe
que si existo…;
será capaz de comprenderlo.
Tened en cuenta los demás,
que este último verso
vale más que todos;
porque es más dulce,
más esperanzador,
y salva
al que os ha salvado.
III.
Jordina.
Índice
El sentido 6
Bautismo de sangre 11
Amanecer 14
Prioridades 17
Octubre de 2001 18
Crimen y castigo 19
Satyagraha 20
Hombre y mundo 26
Invocación 27
El día de la Tierra 29
Israel 31
Jamás 32
Porque es nuestro el exilio 35
El primer paso 36
Al lector 38
Postfacio 41
El único verso 42

