Aguardo tranquilo, ya no desespero.
La tormenta ya se que casi ha de terminar.
La tranquilidad pronto se ha de concretar.
La vida me debe mi revancha.
Me la he de cobrar, ella me debe la felicidad.
Y ya jamás nadie me la ha de arrebatar.
No seré piadoso, no seré misericordioso.
Nadie ya jamás me la arrebatará
Con furia incontrolable tomaré lo que es mío.
Nadie me robará lo que siempre me perteneció.
Lo que muchos otros me quitaron como fieras rabiosas.
Descarnando en mil pedazos sueños y alegrías.
Causando dolor impiadoso ante mi débil y frágil corazón.
Pero esa dicha ha de llegar inevitablemente.
Y ya nadie arrebatará el gozo que la vida me volverá a entregar.
Y esa risa de niño, que de mi rostro mi alma pura podía reflejar,
La convirtieron en algo en que de a poco lograron marchitar.
Que doloroso era ver reír y sentir que la felicidad,
Me la habían impedido sentir.
Pero encerrada estaba en mí, y nunca habría de morir.
Se que pronto ha de despertar.
Inerte y quieto está ese niño sonriente esperando,
El momento que ya está por llegar.
Y de esa jaula de odios escapar.
Odios que no eran míos,
Sino los barrotes los que muchos pusieron.
Para encerrar una sonrisa que nunca me debieron quitar.
Pero eso ya ahora nada importa.
Esos barrotes ahora no están, ya no encierran mi felicidad.
Porque ya lo siento que pronto en libertad quedará.
Y no temeré en recibirla,
Ya esa condena injusta ha llegado ha su fin.
La libertad le espera.
Y ese pequeño niño de nuevo ha sonreír volverá.
Ariel Lenin Columbich

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